Casas Embrujadas La casa que contaba los pasos
Cada noche, la vieja casa de la esquina contaba en voz baja los pasos de quien se atrevía a entrar. Nadie había llegado nunca al número cien.
Elena no lo sabía cuando cruzó la puerta oxidada aquella noche de octubre. Solo buscaba refugio de la lluvia. Al primer paso escuchó un susurro: "Uno". Pensó que era el eco de sus propios zapatos.
Al décimo paso, la voz ya no sonaba como un eco. Era grave, húmeda, y venía de las paredes. "Diez", dijo la casa, casi con cariño.
Elena corrió. Contó sus propios pasos sin querer, compitiendo contra la voz. Pero la casa no necesitaba que ella corriera para contar más rápido. La casa contaba a su propio ritmo, un ritmo que se parecía, cada vez más, a los latidos de un corazón.
En el paso noventa y nueve, Elena vio la puerta de salida, iluminada por la luna. Extendió la mano.
La casa susurró el número cien antes de que ella terminara de dar el paso.
Nadie volvió a verla salir. Y desde entonces, si te acercas a la casa de la esquina en las noches de lluvia, puedes escuchar dos voces contando pasos: la de la casa, y la de alguien que sigue, para siempre, intentando llegar a la puerta.
Elena no lo sabía cuando cruzó la puerta oxidada aquella noche de octubre. Solo buscaba refugio de la lluvia. Al primer paso escuchó un susurro: "Uno". Pensó que era el eco de sus propios zapatos.
Al décimo paso, la voz ya no sonaba como un eco. Era grave, húmeda, y venía de las paredes. "Diez", dijo la casa, casi con cariño.
Elena corrió. Contó sus propios pasos sin querer, compitiendo contra la voz. Pero la casa no necesitaba que ella corriera para contar más rápido. La casa contaba a su propio ritmo, un ritmo que se parecía, cada vez más, a los latidos de un corazón.
En el paso noventa y nueve, Elena vio la puerta de salida, iluminada por la luna. Extendió la mano.
La casa susurró el número cien antes de que ella terminara de dar el paso.
Nadie volvió a verla salir. Y desde entonces, si te acercas a la casa de la esquina en las noches de lluvia, puedes escuchar dos voces contando pasos: la de la casa, y la de alguien que sigue, para siempre, intentando llegar a la puerta.