Leyendas Urbanas El autobús de las 3:33
En el pueblo dicen que no hay que esperar el autobús de la noche. Que a las 3:33, algo más se sube en la última parada.
David perdió el último autobús normal y, sin otra opción, esperó en la parada solitaria. A las 3:33 en punto, unas luces amarillas aparecieron al fondo de la carretera, mucho antes de lo previsto.
El autobús se detuvo. Las puertas se abrieron con un chirrido demasiado largo. Dentro, solo había una persona sentada al fondo, envuelta en un abrigo oscuro, con la cabeza baja.
David subió. Pagó. Se sentó cerca de la puerta.
El conductor no dijo nada. El autobús arrancó, pasando de largo todas las paradas conocidas del pueblo.
En el reflejo de la ventanilla, David notó que la persona del fondo había levantado la cabeza. Y no tenía cara.
Cuando quiso pedir parada, el timbre no sonó. El autobús seguía avanzando, hacia calles que David nunca había visto, aunque llevaba toda su vida en ese pueblo.
David perdió el último autobús normal y, sin otra opción, esperó en la parada solitaria. A las 3:33 en punto, unas luces amarillas aparecieron al fondo de la carretera, mucho antes de lo previsto.
El autobús se detuvo. Las puertas se abrieron con un chirrido demasiado largo. Dentro, solo había una persona sentada al fondo, envuelta en un abrigo oscuro, con la cabeza baja.
David subió. Pagó. Se sentó cerca de la puerta.
El conductor no dijo nada. El autobús arrancó, pasando de largo todas las paradas conocidas del pueblo.
En el reflejo de la ventanilla, David notó que la persona del fondo había levantado la cabeza. Y no tenía cara.
Cuando quiso pedir parada, el timbre no sonó. El autobús seguía avanzando, hacia calles que David nunca había visto, aunque llevaba toda su vida en ese pueblo.